Tal día como hoy hace dos años, la Mezquita de Córdoba como escenario y los reyes como maestros de ceremonia en la entrega de estos galardones.
Los premiados fueron los cantantes Joaquín Sabina, Raphael, Rosendo y Enrique Morente; al torero José María Manzanares; al diseñador Francis Montesinos; y a la bailaora Manuela Vargas.
Las Medallas al Mérito en las Bellas Artes fueron creadas mediante decreto en diciembre de 1969.
Hubo una voz que, al igual que hizo Carlos Gardel con el tango, universalizó el fado esa voz fue, es y será para siempre la de Amália Rodrigues, nacida en el humilde barrio lisboeta de la Beira Baixa el mes de julio de 1920.
Si con Gardel hubo dudas sobre su cuna, en el caso de la “Raina do Fado” las dudas fueron sobre el día de su nacimiento, porque, si bien ella siempre dijo que nació el 1 de julio, sus biógrafos dan por buena la que figura en su partida de nacimiento: el día 23 del mismo mes.
De familia muy humilde y numerosa, Amália trabajó desde niña en distintos oficios hasta que, a los 19 años, debutó como cantante en un conocido local de música popular lisboeta. Un año después ya estaba casada con el guitarrista Francisco da Cruz y con apenas 24 traspasó las fronteras de Portugal, aunque sin salir de la península, debutando en Madrid.
Fue la primera de sus muchas salidas de un país pequeño para dar a conocer en todo el mundo el fado: una música nacida del alma de las calles de Lisboa y consagrada en los palacios de la burguesía portuguesa.
Amália fue tan aclamada como contestada en vida porque la dictadura salazarista hizo bandera de ella y del mismo fado. Sus continuas apariciones en actos oficiales y en la televisión del régimen llevaron a muchos a identificarla con el dictador y a acusarla, incluso, de colaboración con el fascismo.
De hecho, tras el 23 de abril, fue acusada de haber colaborado con la temida PIDE, la policía política del régimen, y pasó a ser una figura incómoda hasta que, en 1990, optó por retirarse.
Tras su muerte, el 6 de octubre de 1999, se supo que Amália había contribuido con su dinero al sostenimiento del Partido Comunista Portugués en la clandestinidad. Pero lo uno y lo otro no dejan de ser anécdotas en la carrera de quien con sus decenas de discos y sus apariciones en los escenarios de las capitales de medio mundo contribuyó a hacer del fado un género conocido y apreciado universalmente.
Ilustración musical: Javier Astasio y Tere Moreno
Es uno de los más grandes músicos que ha dado la isla de Cuba y no por su estatura que es mucha, sino por lo que ha aportado a la evolución y a la difusión de la música cubana.
Si hubiera que definir con una sola cualidad la música de este hombre al que sus amigos llaman “caballón”, por su metro noventa de estatura, esa palabra sería “elegancia”. Y si hubiera que hacer lo mismo con la persona, la palabra sería sencillez.
Tal parece que, en lugar de haber nacido, como nació, en Quivican, Cuba, el 9 de octubre de 1918, Dionisia Ramón Emilio Valdés Amaro, hubiera nacido el día en que grabó con El Cigala, a las órdenes de Fernando Trueba y Javier Limón, esa joya titulada “Lagrimas Negras”.
Pero, para entonces, había ya mucho Bebo. Porque el modesto Bebo ha sido una parte importante de la Historia de la música cubana.
En los cincuenta era director musical de Tropicana y tenía a sus órdenes al gran Beny Moré. También grabó, por recomendación del productor Norman Granz, la primera descarga cubana.
En 1960, Bebo dejó Cuba acusado de haber trabajado para la Mafia, algo difícil de evitar cuando la Mafia controlaba la práctica totalidad del espectáculo en la isla.
Bebo no lo dudó y dejó su tierra para no volver ni siquiera a acompañar a Diego El Cigala cuando cantó en la Habana el repertorio de “Lágrimas Negras”. Bebo había rehecho su vida y había fundado una nueva familia en Suecia con una joven 28 años más joven que él en 1963.
Familia y música van unidas cuando se habla de este pianista, padre y abuelo de músicos a uno y otro lado del Atlántico. Su hijo Chucho, que eligió quedarse en la isla, esá considerado como uno de los mejores pianistas del momento. Un digno heredero del talento de su padre, con el que grabó por primera vez cuando Fernando Trueba, productor de los últimos trabajos de Bebo, los reunió en 2000 en Nueva York para la película “Calle 54”.
Ilustración musical: Javier Astasio, Javier Triñaque
Siempre se recordará la figura de Manuela Hermoso Vargas por ser todo un hito en la historia del baile flamenco.
Manuela Vargas inició su carrera profesional a los 12 años en el tablao sevillano «El Guajiro», para entrar 4 años después en la academia de Enrique «El Cojo».
Después vendría Madrid, Nueva York, los premios y el reconocimento. Algunas de sus obras más importantes son "Medea", "El Sur y la Petenera", "Las bacantes" y "Cachorro" (estas dos con Salvador Távora). Incluso Almodóvar se rindió a sus pies y le ofreció un papel en "La flor de mi secreto".
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