Buscaban a alguien para tocar los bongos en su primera gala seria y encontraron el alma del grupo.
Emilio, conocido como “el Chicho”, y su hermano Julio acababan de conseguir su primer contrato profesional para una sala de Vigo y había que compensar el “caché” con algo más que palmas y una guitarra. Eran “los Chichos” y dieron con Juan Antonio Jiménez Muñoz “Jeros”, un chaval nacido en Valladolid el 29 de marzo de 1951 y huérfano desde los 5 años, que no hizo ningún asco a las 2.000 pesetas que le ofrecieron los hermanos por acompañarles a Vigo.
Ya en el tren, “Jeros” les dijo que también componía y les enseño alguna de sus canciones: habían nacido “Los Chichos” un grupo que en sus mejores años, los de “Jeros”. vendió millones de discos y casetes con sus rumbas en todo el mundo.
Eran los primeros setenta y aquellas canciones que hablaban de drogas, cárcel, muerte y amores duros hallaron su sitio en el mercado. Se lo encontró el padre de Paco de Lucía y no tardaron en reventar las listas junto al “Gipsy-Rock” de “las Grecas”, para las que componía también Jeros.
Después de algún que otro experimento desafortunado, Los Chichos dan en el clavo con la banda sonora de “Yo, el Vaquilla”, una vuelta a sus raíces de barrio, con canciones que hablan otra vez de la dureza del barrio.
Las mismas drogas que pintaron el paisaje de sus canciones fueron las que acabaron rompiendo la armonía del grupo que sólo aguantó unido hasta 1990 no sin antes causar en él un importante desgaste emocional y creativo.
Vinieron la ruptura, la recomposición de Los Chichos sin Jeros y un largo parón. Sin embargo, Jeros siguió trabajando, no se sane si para sí mismo o para una hipotética reconciliación del grupo que no llegó a producirse. Lo cierto es que el 22 de octubre de 1995 el corazón de Juan Antonio Jiménez Muñoz “Jeros” dejó de latir.
Diez años después la figura de aquel chaval de barrió que accedió a tocar los bongos una nochevieja por dos mil pesetas se habla engrandecido como se encargó de demostrar el disco homenaje de quienes tanto le debían.
Ilustración musical: Javier Astasio y Tere Moreno
Para los entendidos Fernanda de Utrera es mucho más que una buena cantaora. Su duende trasciende a su voz, a su cante, que desborda pura esencia gitana.
Al igual que el monumento erigido en su honor en la plaza Ximenez Sandoval, en su Utrera natal, el arte de Fernanda es pura admiración y te transporta a las raíces más profundas de la pasión gitana. Pureza, misterio, duende, intensidad… el cante por soleares de Fernanda llega muy hondo a todo áquel buen aficionado y afortunadamente dejó gran cantidad de material grabado para nuestro gozo y disfrute.
Fernanda Jiménez Peña es conocida con el nombre artístico de Fernanda de Utrera, por el pueblo sevillano dónde nación, Utrera, el año 1923. Llevaba el arte en la sangre, por algo es nieta de Fernando Peña Soto, Pinini, y junto a su inseparable hermana, Bernarda de Utrera, ha paseado su maestría por soleares por medio mundo. Muchos la consideran, junto a Merce la Serneta, la mejor solearera de todos los tiempos.
Han sido muchos los premios acumulados por Fernanda de Utrera a lo largo de su longeva carrera. Obtuvo el premio de soleares y bulerías en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en 1957, el Premio del Concurso de Mairena del Alcor, en 1966, y Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología, en 1967, compartido con su hermana.
Fernanda triunfó en Nueva York, recorrió Europa y África con el espectáculo de Manuela Vargas e inauguró el tablao madrileño de Las Brujas, en 1962. Y el 24 octubre de 2003 recibe, quizá uno de los mayores reconocimientos a su carrera: la Medalla al Trabajo.
Nuria Serena y Tere Moreno
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